El Ruiseñor y la Campana
En un pequeño pueblo había una vieja campana que sonaba cada amanecer.
Su voz era grave y conocida por todos.
No muy lejos de ella, un ruiseñor cantaba entre los naranjos.
—¿De qué sirve un canto tan pequeño? —preguntó un día la campana con cierta vanidad—. Cuando yo hablo, todo el pueblo me escucha.
El ruiseñor sonrió.
—Es verdad. Tu voz llega más lejos que la mía.
La campana quedó satisfecha.
Pero aquella primavera enfermó el viejo jardinero que cuidaba los árboles. Desde su ventana ya no podía caminar hasta la plaza para oír el bronce de la campana.
Sin embargo, cada mañana abría la ventana para escuchar el canto del ruiseñor, que llegaba hasta su almohada como una visita.
Cuando el jardinero recuperó las fuerzas, fue a dar las gracias al ave.
La campana, sorprendida, preguntó:
—¿Acaso no oías también mi voz?
—Sí —respondió el anciano—. La campana me decía que comenzaba el día. El ruiseñor me daba ganas de vivirlo.
Desde entonces, la campana siguió anunciando las horas con la misma fuerza de siempre.
Pero nunca volvió a burlarse de un canto pequeño.
Moraleja:
No toda voz se mide por la distancia que alcanza, sino por el corazón al que consigue llegar.






