La Ardilla y la Bellota
Una fábula sobre aquello que crece cuando aprendemos a soltar
En la parte más alta de un viejo roble vivía una ardilla roja que conocía el bosque como nadie.
Cada otoño recorría senderos cubiertos de hojas secas, saltaba de rama en rama y reunía bellotas para el invierno.
Una mañana encontró una distinta de todas las demás.
Era redonda, brillante y perfectamente formada.
La sostuvo entre sus patas durante un largo rato.
—Eres demasiado hermosa para comerte.
Decidió enterrarla al pie del gran roble.
La cubrió con tierra, hojas y musgo.
—Aquí estarás segura. Volveré cuando llegue el invierno.
Los días pasaron.
Llegó la lluvia.
Después el viento.
Luego la nieve cubrió el bosque por completo.
La ardilla pasó el invierno alimentándose de las demás bellotas que había guardado.
Cuando la primavera regresó, recordó su pequeño tesoro.
Corrió hasta el lugar donde lo había escondido.
Apartó las hojas.
Escarbó con cuidado.
Buscó entre las raíces.
Pero la bellota ya no estaba.
Durante un instante sintió una profunda tristeza.
Había querido conservar aquello que más apreciaba.
Entonces levantó la vista.
En el mismo lugar donde había enterrado la bellota brotaba un pequeño roble.
Sus primeras hojas temblaban suavemente bajo la luz de la mañana.
La ardilla permaneció inmóvil.
Comprendió que la bellota no había desaparecido.
Simplemente había encontrado una forma distinta de permanecer.
Los años siguieron su curso.
El pequeño árbol creció.
Sus ramas comenzaron a ofrecer sombra en verano.
Los pájaros encontraron refugio entre sus hojas.
Y, cuando llegó otro otoño, el joven roble dejó caer sus primeras bellotas sobre el bosque.
La ardilla sonrió.
Aquello que un día creyó perder había regresado multiplicado.
Moraleja
Algunas cosas solo pueden crecer cuando dejamos de intentar conservarlas.






