La ardilla y las siete medicinas
La ardilla despertó con una tos pequeña.
—Cof. Cof.
Nada importante, pensó.
Bajó del árbol y fue a ordenar su despensa. Apenas levantó un saco de bellotas, volvió a toser.
—Cof. Cof.
El conejo, que pasaba por allí, alzó las orejas.
—Necesitas miel —dijo—. A mí me quitó una tos terrible el invierno pasado.
La ardilla tomó una cucharada de miel.
Enseguida apareció el erizo.
—La miel ayuda, pero no basta. Lo mejor son hojas calientes sobre el pecho.
Y le acomodó dos hojas bajo el cuello.
Llegó después el ciervo.
—No, no. Para la tos hay que beber agua muy despacio.
La ardilla bebió un cuenco entero con tanta calma que parecía contar cada sorbo.
Aun así:
—Cof. Cof.
Entonces apareció el castor.
—Lo que te hace falta es vapor.
El zorro salió de entre los arbustos y negó con la cabeza.
—El vapor está bien, pero nada supera una infusión de raíces. Cuanto más amarga, mejor.
El tejón, muy serio, intervino enseguida:
—Todos olvidan el remedio más importante: una buena manta y una larga siesta.
Por último, descendió la urraca con una botellita oscura entre las patas.
—Jarabe de bayas —anunció—. Mi abuela lo usaba para todo.
Al caer la tarde, la ardilla estaba envuelta en una manta, con dos hojas al cuello, un cuenco de agua a un lado, una taza humeante al otro, un frasco de miel junto a las patas y una botella de jarabe junto a la cola.
A su alrededor, siete animales discutían.
—La miel tarda un poco —decía el conejo.
—Las hojas deben estar más calientes —insistía el erizo.
—Bebió demasiado rápido —opinaba el ciervo.
—Le faltó más vapor —declaró el castor.
—La infusión no estaba lo bastante fuerte —dijo el zorro.
—Lo que necesita es dormir —sentenció el tejón.
—Mi jarabe todavía no ha hecho efecto —aseguró la urraca.
La ardilla suspiró.
—Cof. Cof.
Entonces llegó el búho.
Todos se apartaron.
—Por fin —dijo el conejo—. Tú sabrás qué darle.
Pero el búho no miró la miel, ni las hojas, ni el agua, ni el vapor, ni la infusión, ni la manta, ni el jarabe.
Miró a la ardilla.
—¿Cuándo empezó la tos?
—Esta mañana —respondió ella.
—¿Dónde estabas?
—En la despensa.
—¿Y qué hacías?
—Sacudía unos sacos viejos de bellotas.
El búho entró en la despensa y salió al poco rato cubierto de polvo.
Abrió la ventana. Entre todos sacaron los sacos, barrieron las cáscaras viejas y limpiaron los estantes.
Cuando terminaron, la ardilla volvió a entrar.
Respiró.
Nada.
Respiró otra vez.
Nada.
El búho sonrió.
—Todos trajeron un remedio —dijo—. Pero nadie había hecho una pregunta.
Por un momento, los siete guardaron silencio. Luego, uno a uno, asintieron con la cabeza.
La ardilla guardó la miel para el desayuno.
Y aquella noche durmió sin toser.
Moraleja
Antes del remedio, la pregunta.





