El Zorro y el Trono
Una fábula sobre el silencio compartido
Había un viejo tocón en medio del bosque.
No era el más alto.
Tampoco el más grande.
Pero, por alguna razón, el zorro sentía que aquel era su trono.
Cada mañana llegaba al amanecer, subía con cuidado y se quedaba allí unos minutos, contemplando cómo el bosque despertaba. Nunca daba órdenes. Nunca vigilaba a nadie. Simplemente disfrutaba del silencio.
El Sol empezó a notarlo.
Día tras día, parecía demorarse un poco más sobre aquel claro, como si también apreciara la calma del zorro.
La madera se volvió más tibia.
El musgo, más suave.
Y los pequeños hongos que crecían junto al tocón comenzaron a aparecer más grandes y esponjosos que en cualquier otro rincón del bosque.
Nunca dijeron una palabra.
Guardaban el secreto porque el zorro siempre tenía cuidado de no pisarlos.
Las estaciones pasaron.
Llegó la lluvia.
Después el viento.
Más tarde, las hojas doradas del otoño cubrieron el suelo, y aun así el zorro seguía regresando cada mañana al mismo lugar.
Nadie proclamó que aquel fuera el mejor rincón del bosque.
El zorro nunca invitó a nadie.
Los hongos nunca contaron el secreto.
Y el Sol jamás explicó por qué siempre parecía quedarse allí un instante más.
Algunos lugares…
simplemente se convierten en hogar.
Moraleja
Un trono no se construye con madera, sino con recuerdos.






