
El ojo en el reloj
La primera vez que Tomás notó el ojo, pensó que era el reflejo de la luz.
Era tarde. El departamento estaba en silencio, ese tipo de silencio que no descansa, que observa. El único sonido era el tic-tac constante del reloj de pared en la sala. Un reloj antiguo, heredado de su abuelo, con números romanos ligeramente desgastados y una cubierta de vidrio que siempre parecía un poco opaca, como si ocultara algo.
Tomás levantó la vista por pura inercia.
Y ahí estuvo.
En el centro del reloj, justo donde las agujas se encontraban, había algo que no pertenecía ahí. Una forma ovalada, húmeda. Un brillo.
Un ojo.
Parpadeó.
El reloj marcaba las 2:17. Solo eso. Nada más.
Se rió, breve, incómodo. “Cansancio”, pensó. Llevaba días durmiendo mal. Mucho trabajo, demasiadas pantallas, poca luz natural. Era lógico.
Apagó la lámpara y se fue a dormir.
—
Esa noche soñó con el reloj.
No lo veía completo, solo el centro. Las agujas giraban lentamente, pero no marcaban horas. Señalaban direcciones. Como si buscaran algo. O a alguien.
Y el ojo estaba ahí, fijo.
Mirándolo.
—
Al día siguiente evitó mirar el reloj. No era miedo, se dijo. Era… prevención. Como no mirar una herida abierta. Sabes que está ahí, pero no ganas nada observándola.
Pero el sonido… el sonido era distinto.
El tic-tac ya no era regular.
Tic… tac… tic…… tac.
Había una pausa irregular, casi deliberada. Como si algo dudara antes de continuar.
A las 2:17 de la tarde, sin proponérselo, levantó la vista.
El ojo estaba ahí.
Más definido.
No era un reflejo. Tenía una córnea, un iris oscuro, profundo. No parpadeaba. No se movía. Solo estaba.
Observando.
Tomás sintió un impulso inmediato de acercarse. Dio un paso. Luego otro.
El reloj no cambió.
Pero el ojo… parecía más cercano.
No en el espacio. En intención.
Retrocedió.
El tic-tac volvió a la normalidad.
—
Esa noche no durmió.
Se quedó en la cama, mirando al techo, pero sabía —sabía— que en la sala, el reloj seguía ahí. Y dentro del reloj, el ojo.
Esperando.
A las 2:17, el sonido se detuvo.
Silencio absoluto.
Tomás contuvo la respiración.
Y entonces lo escuchó.
No un tic-tac.
Un latido.
Tump.
Desde la sala.
Tump.
Más fuerte.
Se levantó sin pensarlo. Caminó lentamente hacia la puerta. Cada paso era una decisión que no recordaba haber tomado.
Abrió.
El reloj marcaba las 2:17.
El ojo lo miraba directamente.
Esta vez no había duda.
Parpadeó.
Lento.
Humano.
Tomás sintió que algo dentro de su pecho respondía. Un eco involuntario. Como si su propio cuerpo reconociera esa mirada.
—No… —susurró.
El ojo se dilató.
Y el reloj avanzó.
Tic.
Las 2:18.
El ojo desapareció.
—
A la mañana siguiente, Tomás decidió deshacerse del reloj.
Lo descolgó con manos temblorosas. Pesaba más de lo que recordaba. Lo apoyó sobre la mesa y buscó un destornillador.
No quería romperlo. Quería entenderlo.
Quitó los tornillos traseros. La tapa cedió con un leve crujido.
Dentro no había engranajes.
Ni resortes.
Ni maquinaria alguna.
Solo un espacio hueco.
Y en el centro…
Algo húmedo.
Tomás se inclinó.
El interior del reloj olía a hierro.
Sangre.
Y entonces lo vio.
No era un objeto.
No estaba dentro del reloj.
Estaba al otro lado.
Como una cavidad abierta hacia algún lugar sin forma.
Y en esa oscuridad…
Un ojo.
Mucho más grande.
Mucho más profundo.
Observándolo desde lejos.
O desde muy cerca.
Tomás sintió un vértigo repentino, como si su equilibrio dependiera de esa mirada.
Quiso apartarse.
No pudo.
El ojo se movió por primera vez.
No giró.
No cambió de dirección.
Se acercó.
Sin desplazarse.
Como si el espacio entre ambos dejara de existir.
Tomás sintió presión en el rostro. En los ojos. En el pecho.
El mundo detrás de él —la sala, las paredes, la luz— comenzó a desdibujarse.
El tic-tac regresó.
Pero ahora no venía del reloj.
Venía de él.
Tic.
Un latido.
Tac.
Un pensamiento.
Tic.
Una imagen.
El ojo parpadeó.
Y por un instante…
Tomás dejó de sentir su propio cuerpo.
—
Esa misma tarde, los vecinos llamaron a la policía.
Habían escuchado algo extraño. No un grito. Algo más… irregular. Como un golpe suave, repetido, durante horas.
Cuando entraron al departamento, encontraron la sala vacía.
La mesa estaba intacta.
El reloj colgaba nuevamente en la pared.
Marcaba las 2:17.
Funcionando con perfecta precisión.
Uno de los oficiales levantó la vista por costumbre.
Se quedó quieto.
—¿Qué pasa? —preguntó su compañero.
El oficial no respondió de inmediato.
Parpadeó.
—Nada… —dijo finalmente.
Pero no apartó la mirada.
Porque en el centro del reloj…
Algo lo estaba observando.
Y, por un segundo demasiado largo…
Juraría que ese ojo…
tenía miedo.

A las 2:17, deja de ser un reloj.
¡Gracias por leer “El ojo en el reloj“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!
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