El zorro y los oyentes distraídos
Ver no siempre significa haber observado.
Oír no siempre significa haber escuchado.
Todas las tardes, cuando el sol comenzaba a esconderse entre los árboles, el zorro reunía a los animales más jóvenes del bosque junto a un viejo tronco cubierto de musgo.
Aquel día había llevado un libro especialmente grande.
—La historia de hoy contiene una lección importante —les advirtió mientras acomodaba sus anteojos—. Así que quiero ojos abiertos y oídos atentos.
Todos prometieron escuchar.
Y, durante los primeros minutos, pareció que así sería.
Pero pronto el conejo comenzó a perseguir con la mirada una mariposa. La ardilla contaba las bellotas que guardaba para el invierno. Dos ratoncillos cuchicheaban entre las raíces. El búho joven estaba tan ocupado intentando adivinar cómo terminaría el cuento que apenas escuchaba cómo continuaba.
El zorro los observó por encima de las páginas.
No dijo nada.
Siguió leyendo.
—…y por eso —recitó con calma—, quien quiera vivir muchos años en el bosque deberá recordar que el peligro rara vez anuncia su llegada.
El conejo asintió muy serio.
No había oído una sola palabra.
Entonces una sombra atravesó el claro.
Hubo un silbido de viento.
Un golpe de alas.
Y antes de que ninguno comprendiera lo que ocurría, una enorme águila descendió entre las ramas, extendió las garras y levantó al conejito del suelo.
—¡SOCORRO! —gritó él.
El claro estalló en caos.
La ardilla perdió todas sus bellotas. Los ratones desaparecieron bajo el tronco. Los pájaros levantaron el vuelo. Incluso el pequeño búho quedó con los ojos tan abiertos que por primera vez parecía verdaderamente atento.
El águila cruzó el claro con el conejito entre las garras y aterrizó sobre una roca.
Nadie respiraba.
El zorro cerró lentamente su libro.
El águila lo miró.
El zorro la miró a ella.
Y ambos comenzaron a reír.
—¡¿DE QUÉ SE RÍEN?! —protestó el conejito, furioso y todavía suspendido en el aire.
El águila lo depositó con cuidado sobre la hierba.
—De que hace apenas un minuto —dijo— vuestro maestro os estaba explicando que el peligro rara vez anuncia su llegada.
El conejito se palpó las orejas, las patas y la cola. Todo seguía en su sitio.
—¿No ibas a comerme?
—Claro que no.
El zorro se acercó sonriendo.
—Es una vieja amiga.
Los pequeños animales comenzaron a salir de sus escondites.
—Me pidió ayuda esta mañana —continuó el águila—. Dijo que algunos de vosotros estabais aprendiendo a oír sin escuchar y a ver sin observar.
El conejo bajó las orejas.
—Pero yo estaba mirando.
—Sí —respondió el zorro—. Una mariposa.
La ardilla escondió discretamente sus bellotas.
—Y yo estaba escuchando…
—Mientras contabas hasta treinta y siete —dijo el zorro.
El águila abrió las alas.
—No puedo prometeros que todas las sorpresas del bosque serán tan amistosas como yo.
Y con un poderoso batir de alas se elevó entre los árboles.
El zorro volvió a abrir su libro.
Esta vez nadie cuchicheó.
Nadie contó bellotas.
Y cuando una mariposa pasó junto al conejo, éste la vio…
pero siguió escuchando.
Moraleja
La atención no impide que el mundo nos sorprenda, pero evita que la sorpresa tenga que enseñarnos aquello que ya habíamos oído.





