
El Alma Tras la Pequeña Estrella Terrestre
Áster llevaba varios años sospechando que Gaia había cometido un pequeño error de traducción.
No era una acusación grave.
Tampoco una crítica.
Gaia había creado océanos, montañas, bosques, nubes, ballenas, albatroses y millones de seres vivos. Era perfectamente comprensible que, después de tanto trabajo, algún detalle pudiera quedar ligeramente desordenado.
Sin embargo, el caso de Áster parecía particularmente evidente.
Después de todo, su nombre significaba estrella.
Áster había investigado el asunto durante meses.
Consultó libros de botánica.
Consultó libros de astronomía.
Consultó varios diccionarios.
Todas las fuentes coincidían.
La palabra provenía de una antigua lengua en la que significaba estrella.
Aquello le parecía una prueba bastante sólida.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí abajo? —preguntó una tarde.
Nadie tuvo una respuesta convincente.
Una abeja sugirió que quizás las estrellas también necesitaban flores.
Un arbusto espinoso opinó que estaba exagerando.
Pero Áster estaba decidida.
Si Gaia la había destinado al cielo, pensaba averiguar qué había ocurrido.
Fue entonces cuando conoció a una albatros llamada Almadra.
El ave descendió desde las alturas y aterrizó cerca del lugar donde crecía Áster.
La flor quedó impresionada.
Nunca había visto a nadie tan familiarizado con el cielo.
—Disculpa —dijo con educación—. ¿Tú viajas por las nubes?
—Con frecuencia.
—¿Y cerca de las estrellas?
—Más cerca que la mayoría —respondió Almadra—, aunque todavía bastante lejos.
Aquella respuesta bastó para ganarse la atención de Áster.
Le explicó toda la situación.
El significado de su nombre.
La posible confusión lingüística.
La teoría de que Gaia había estado trabajando en varios idiomas al mismo tiempo.
Almadra escuchó pacientemente.
Cuando Áster terminó, la albatros permaneció pensativa durante unos segundos.
—Debo admitir que es una hipótesis interesante.
—¿Me ayudarías?
—¿A convertirte en estrella?
—A verificar si ya debería ser una.
Almadra sonrió.
—Eso suena mucho más razonable.
Y así comenzó el viaje.
Cuando finalmente ascendieron por encima de las nubes, Áster contempló el mundo por primera vez desde las alturas.
Los océanos parecían infinitos.
Las montañas parecían pequeñas.
Los ríos brillaban como hilos de plata.
Y sobre ellas aparecieron las primeras estrellas.
Una tras otra.
Miles de ellas.
Áster observó maravillada.
Entonces una estrella particularmente brillante pareció notar su presencia.
—Buenas noches —dijo la estrella.
Áster tardó unos segundos en responder.
—Buenas noches.
—¿Qué hace una flor aquí arriba?
—Creo que debería ser una estrella.
La estrella pareció considerar aquella respuesta.
—¿Y por qué piensas eso?
—Porque mi nombre significa estrella.
—Ah.
La estrella permaneció en silencio durante unos instantes.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Entonces tenía razón?
—Depende.
—¿Depende de qué?
—De cómo entiendas la palabra estrella.
Áster frunció el ceño.
—No entiendo.
—Pero si ya eres una estrella.
Áster quedó inmóvil.
—¿Cómo que ya soy una estrella?
—Una estrella terrestre.
La flor tardó varios segundos en procesar la información.
—¿Existe eso?
—Claro.
—Nunca había oído hablar de ellas.
—También existen las estrellas de mar.
—Pero viven en el océano.
—Exactamente.
Áster parpadeó.
—Entonces… ¿hay estrellas en distintos lugares?
—Más de las que imaginas.
La estrella brilló suavemente.
—Tú perteneces a la tierra igual que yo pertenezco al cielo.
Áster permaneció varios minutos en silencio.
Finalmente asintió.
—Eso tiene muchísimo sentido.
—Lo sé —respondió la estrella.
Tras agradecer la conversación, Áster y Almadra emprendieron el regreso.
Durante un rato volaron sin decir nada.
Observaban las nubes iluminadas por la luna y el océano oscuro extendiéndose hasta el horizonte.
Entonces Áster habló.
—Supongo que deberíamos volver. Debes estar cansada.
Almadra soltó una pequeña risa.
—¿Cansada? Llevo años haciendo esto.
—¿Entonces no quieres regresar todavía?
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque eres tan ligera que apenas noto que estás aquí.
Áster sonrió.
—Gracias.
—Además —añadió Almadra—, creo que me haces ver más elegante.
Áster no pudo evitar reír.
Y como ninguna de las dos tenía prisa, continuaron volando durante un buen rato más, observando el océano, las nubes y las estrellas.

Gaia nunca confirmó la teoría de Áster.
Pero tampoco la desmintió.
Lo cual resultó bastante sospechoso.
¡Gracias por leer “El Alma Tras la Pequeña Estrella Terrestre“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!
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