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El perezoso y el castor


El castor trabajaba desde que salía el sol hasta mucho después de que el bosque quedara en silencio.

Reparaba su presa.

Arrastraba ramas.

Cortaba troncos.

Si una pared estaba firme, encontraba otra que reforzar.

Si no había nada urgente que hacer, inventaba algo.

Hasta que una mañana no pudo levantarse.

Le dolía la espalda, tenía la cabeza pesada y hasta mover las patas le parecía trabajo.

Durante varios días tuvo que quedarse quieto.

Y fue entonces cuando conoció al perezoso.

Lo veía descansar durante horas entre las ramas, moverse apenas cuando era necesario y recibir la tarde como si nunca hubiera existido una tarea urgente.

El castor quedó fascinado.

—Ahora comprendo mi error —pensó—. He trabajado demasiado. Lo que necesito es vivir como él.

Cuando se sintió mejor, dejó la presa como estaba.

Durmió hasta tarde.

Después durmió un poco más.

Dejó de cargar ramas porque podían esperar.

Dejó de nadar porque el agua estaba fría.

Y cuando sintió ganas de caminar, decidió que probablemente aquello también podía esperar.

Al principio fue maravilloso.

Pero pasaron los días.

La espalda volvió a dolerle.

Después las patas.

Las articulaciones se sentían rígidas y, al levantarse, la cabeza le pesaba más que antes.

Una tarde encontró al perezoso comiendo tranquilamente unas hojas.

—No lo entiendo —dijo el castor—. Trabajé demasiado y enfermé. Después descansé como tú… y también terminé sintiéndome mal.

El perezoso lo observó durante un largo momento.

Masticó otra hoja.

Luego otra.

El castor esperó.

Finalmente, el perezoso respondió:

—Tienes que comprender algo.

El castor se acercó, preparado para escuchar una gran enseñanza.

—Somos todos diferentes.

Y volvió a comer.

El castor permaneció allí un momento.

Después miró hacia su presa.

Había una rama suelta.

No era urgente.

Pero tampoco necesitaba quedarse acostado todo el día.

Así que fue a colocarla.

Y cuando terminó, descansó.


Moraleja

Lo que da equilibrio a uno puede no dárselo a otro. Hasta el descanso necesita su propia medida.



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