El cervatillo y las astas
Una fábula sobre aquello que se anuncia antes de tomar forma
Un cervatillo observaba con admiración a los ciervos mayores del bosque. Sus astas se elevaban como ramas firmes, y él sentía que a su cabeza le faltaba algo que todavía no sabía nombrar.
Una mañana encontró dos ramitas bifurcadas entre las hojas. Las colocó sobre su cabeza y las adornó con flores pequeñas.
Al mirarse en el estanque, sonrió.
No quería burlarse de nadie ni presumir. Simplemente, aquellas ramas parecían expresar algo que llevaba dentro y que aún no podía mostrarse por sí solo.
Los animales notaron las astas improvisadas. El conejo levantó las orejas, la ardilla ocultó una sonrisa y el viejo tejón lo observó en silencio. Ninguno dijo nada, y el cervatillo creyó que había conseguido engañarlos.
Durante varios días caminó orgulloso por el bosque. Sin embargo, una tarde se desató una tormenta. Mientras corría hacia un refugio, sus astas de ramas se enredaron en un matorral.
Cuanto más forcejeaba, más atrapado quedaba.
Al oír sus gritos, los animales acudieron. El tejón apartó la maleza, la ardilla soltó las ramas y el conejo abrió un camino entre las raíces. Finalmente lograron liberarlo.
Las astas falsas cayeron al suelo.
El cervatillo bajó la cabeza.
—Perdonadme —confesó—. Os hice creer que eran verdaderas. Solo quería parecerme a los ciervos mayores.
Esperó risas y reproches, pero nadie se burló.
—Sabíamos que eran ramas —dijo el conejo.
—Entonces, ¿por qué no dijisteis nada?
El tejón se acercó con calma.
—Porque también sabíamos que tu corazón era sincero. No las llevabas para sentirte superior. Las llevabas porque algo en ti estaba intentando expresarse antes de encontrar su forma.
Pasó el invierno. El cervatillo no volvió a usar las ramas, pero tampoco se sintió vacío.
Cuando llegó la primavera, descubrió dos pequeñas astas creciendo sobre su cabeza. No eran grandes ni majestuosas: apenas dos suaves comienzos.
Corrió a mostrárselas a sus amigos.
Todos se alegraron, pero el cervatillo fue quien más sonrió. Comprendió entonces que aquellas ramas no habían sido solamente una mentira. Habían sido el dibujo imperfecto de algo verdadero que ya crecía oculto dentro de él.
Sus astas aún no existían del todo.
Pero ya esperaban por ser.
Moraleja
Muchas cosas se expresan vagamente antes de encontrar su verdadera forma.






