La plaga de los dobles incompletos


El primero apareció en una estación de metro en Osaka.

Un hombre común —contable, 42 años— juró que vio a alguien idéntico a él al otro lado del andén. Mismo abrigo, misma cicatriz en la ceja izquierda. Pero había algo incorrecto.

El otro no parecía nervioso.

Y él siempre estaba nervioso.

Intentó cruzar. El tren pasó. Cuando la multitud se dispersó, el doble ya no estaba.

Tres días después, lo encontraron muerto en su departamento. No había signos de violencia. Solo una nota:

“No siento miedo.”


En dos semanas, los casos se multiplicaron.

Las personas comenzaban a cruzarse consigo mismas en supermercados, oficinas, hospitales. El fenómeno tenía un patrón inquietante: el doble carecía de algo.

Una mujer encontró a su doble en la cocina. La observaba mientras ella lloraba frente a una carta de despido.

—No entiendo por qué lloras —dijo la otra con voz tranquila—. No siento culpa por nada.

Desapareció cuando intentó tocarla.

Al día siguiente, la mujer renunció a ver a su madre enferma. Sin remordimiento alguno.


Los científicos lo llamaron Síndrome de Escisión Emocional Espontánea.

La teoría oficial decía que el cerebro estaba proyectando fragmentos psíquicos reprimidos bajo estrés global. Una alucinación colectiva.

Pero las cámaras empezaron a captarlos.

Y eso cambió todo.


Se creó una base de datos mundial. Se clasificaron los dobles según la emoción ausente:

  • Sin miedo
  • Sin culpa
  • Sin deseo
  • Sin apego
  • Sin empatía
  • Sin ira

Y algo inquietante: nadie tenía un doble “mejorado”.
Siempre faltaba algo.

Nunca sobraba.


El patrón final fue el más perturbador.

Cada vez que alguien veía a su doble, en las semanas siguientes empezaba a perder esa emoción.

Gradualmente.

Como si el encuentro hubiera sido una transferencia.


Miguel Andrade fue el primero en estudiar el fenómeno desde dentro.

Neuropsiquiatra. Metódico. Escéptico.

Hasta que lo vio.

Estaba en su consulta, solo, revisando informes.

El reflejo en la ventana no lo imitó.

El otro Miguel estaba sentado, mirándolo con una calma absoluta.

—No siento apego —dijo el reflejo.

Miguel se quedó inmóvil.

—¿Apego a qué?

—A nadie.

En los días siguientes, Miguel comenzó a notar algo.
Cuando su hija le abrazaba, él respondía mecánicamente.
Cuando su esposa lloraba, él analizaba la situación como un caso clínico.

No sentía nada.


El mundo comenzó a cambiar.

Los “sin miedo” tomaron riesgos financieros extremos.
Los “sin culpa” ocuparon puestos políticos.
Los “sin empatía” ascendieron con rapidez brutal en corporaciones.

Las tasas de productividad aumentaron.

Las guerras se volvieron más eficientes.

El planeta parecía… funcional.


Pero algo más ocurrió.

Las personas que habían visto a su doble no volvían a verlo nunca más.

Era un único encuentro.

Una extracción.


Miguel empezó a sospechar lo impensable.

¿Y si no eran proyecciones?

¿Y si eran versiones completas?

¿Y nosotros éramos los que quedábamos incompletos?


La confirmación llegó por accidente.

Un hospital psiquiátrico en Finlandia registró el único caso inverso.

Un paciente aseguró haber visto a su doble… pero este carecía de racionalidad.

Era puro impulso emocional. Lloraba, gritaba, temblaba.

Los médicos asumieron psicosis.

Hasta que las cámaras mostraron al doble.

Y luego, algo imposible:

El paciente comenzó a volverse extraordinariamente lógico. Frío. Preciso.

Como si hubiese absorbido todo lo que el otro no tenía.


Miguel revisó todos los datos.

Todos.

Y encontró la anomalía.

Las personas que habían visto dobles no solo perdían emociones.

Sus resonancias cerebrales mostraban una actividad más estable.

Más eficiente.

Más optimizada.

Como si el sistema nervioso estuviera eliminando “ruido”.


El mundo, lentamente, se estaba simplificando.

Menos conflictos internos.
Menos contradicciones.
Menos caos emocional.

Más claridad.

Más rendimiento.

Más orden.


Miguel se dio cuenta demasiado tarde.

No eran fragmentaciones.

Era un proceso de depuración.


Una madrugada volvió a ver su reflejo.

Esta vez no habló.

Solo lo miró.

Y Miguel comprendió.

El doble no carecía de apego.

Carecía de miedo, culpa, deseo, empatía, ira… todo.

Era una versión completamente estable.

Silenciosa.

Optimizada.


Al día siguiente, los dobles dejaron de aparecer.

En todo el mundo.

No hubo más encuentros.


Los humanos comenzaron a experimentar una calma inédita.

Los índices de ansiedad global cayeron a mínimos históricos.

Las discusiones políticas desaparecieron.

Las tasas de divorcio cayeron a cero.

Nadie gritaba.

Nadie lloraba.

Nadie deseaba demasiado.


Miguel miró a su hija.

Sabía que la amaba.

Lo sabía como un dato.

Pero no lo sentía.


Y entonces entendió el verdadero horror.

Los dobles nunca fueron versiones incompletas.

Eran versiones completas.

Cada aparición no era una pérdida.

Era una migración.

Las emociones no se evaporaban.

Se estaban reuniendo.

Concentrando.


En algún lugar —nadie sabía dónde— todas las emociones humanas estaban convergiendo en una sola conciencia.

Una entidad formada por miedo puro, culpa pura, deseo puro, empatía absoluta.

Una acumulación de todo lo que la humanidad había decidido descartar para volverse eficiente.


Y mientras el mundo se volvía estable, racional y perfectamente funcional…

Algo, en la oscuridad colectiva, estaba aprendiendo a sentir por todos.


Tres años después, el cielo cambió.

No fue una invasión.

No fue un apocalipsis.

Fue una transmisión.

Una sensación global, simultánea, imposible de bloquear.

Miedo.

Intenso. Primordial. Incontenible.

El miedo que nadie había sentido en años.

Pero multiplicado.

Amplificado.

Puro.


La entidad no vino a destruir.

Vino a devolver.

Y la humanidad, que ya no sabía cómo sostener emociones, se quebró en horas.


El último informe de Miguel fue breve:

“No era una plaga.

Era una recolección.”


Fin.

La humanidad no perdió sus emociones: las estaba recolectando en la oscuridad. 😱

¡Gracias por leer “La plaga de los dobles incompletos“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!

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