Cuando el Cuerpo Volvió, pero la Mente No


Gallípoli no se parecía a una batalla; se parecía a una condena prolongada.

Thomas O’Neill había perdido la noción exacta del tiempo. Los días se medían por ataques fallidos, por el número de hombres que ya no respondían a su nombre, por el peso del fusil que parecía más pesado cada mañana. La península no ofrecía refugio alguno: ni sombra verdadera, ni silencio, ni descanso. El suelo era duro, seco, y estaba saturado de muerte.

Dormir se había vuelto un acto peligroso. No por los sueños —que eran breves y rotos— sino porque bajar la guardia significaba morir. Incluso en la noche, cuando el aire se enfriaba apenas, los disparos aislados mantenían a todos despiertos, como recordatorios constantes de que el enemigo estaba allí, a metros, respirando el mismo aire.

Las trincheras no eran líneas defensivas; eran tumbas abiertas. Estrechas, húmedas por el sudor acumulado de cuerpos hacinados, plagadas de ratas que se alimentaban sin distinguir entre restos y hombres vivos. Thomas había sentido más de una vez cómo algo le rozaba la pierna en la oscuridad, y había aprendido a no reaccionar. Gritar era un lujo que nadie podía permitirse.

El olor era lo peor. No se iba nunca. Una mezcla de pólvora, excremento, carne en descomposición y miedo. El cerebro humano, pensó Thomas alguna vez, no estaba diseñado para soportar eso durante semanas. Quizás por eso muchos hombres empezaban a fallar de maneras silenciosas: miradas perdidas, manos que temblaban sin control, risas repentinas en los momentos más inapropiados. Nadie hablaba de ello, pero todos lo veían.

Durante el día, el calor convertía la tierra en polvo fino que se metía en la boca, en los ojos, en los pulmones. El agua llegaba caliente y escasa. Thomas recordaba haber soñado con beber sin parar, hasta despertar con la lengua hinchada y los labios agrietados. A veces, la sed dolía más que las heridas.

El enemigo no era una abstracción. Desde su posición, Thomas podía oír voces en turco, fragmentos de conversación, alguna risa breve. Eso lo descolocaba profundamente. No eran monstruos. Eran hombres jóvenes, probablemente tan cansados y asustados como él. Esa conciencia hacía que disparar fuera más difícil… y más perturbador cuando lo hacía de todos modos.

El ataque que marcó su quiebre ocurrió al amanecer. La orden llegó sin emoción, como si se tratara de mover cajas y no cuerpos humanos. Avanzar colina arriba, contra posiciones fortificadas. Thomas sintió una presión en el pecho antes de salir de la trinchera, una sensación física, casi animal, de que aquello no podía terminar bien.

Cuando comenzó el bombardeo, el mundo se volvió ruido. Explosiones que sacudían el suelo, gritos que se cortaban de golpe, tierra cayendo como lluvia sucia. Thomas corrió sin pensar, impulsado más por el miedo a quedarse atrás que por cualquier idea de valentía. Vio a un soldado caer a su lado, la boca abierta, sin sonido. No se detuvo. No podía.

Cada paso era una negociación con el pánico. El cuerpo funcionaba en automático, pero la mente iba por detrás, acumulando imágenes imposibles de borrar: un casco abandonado, una mano inmóvil sobresaliendo del suelo, un rostro irreconocible cubierto de polvo y sangre seca. La guerra no tenía épica desde tan cerca. Solo tenía fragmentos.

El avance se detuvo casi tan rápido como había comenzado. Los sobrevivientes se arrastraron de vuelta, desordenados, rotos. Thomas regresó con los oídos zumbando y una sensación extraña de vacío. Se dio cuenta de que estaba temblando solo cuando no pudo cargar su fusil correctamente.

Esa noche no pudo dormir. No porque hubiera disparos —los había— sino porque su mente se negaba a callar. Revivía cada segundo, cada decisión mínima que lo había mantenido con vida mientras otros no tuvieron la misma suerte. La culpa empezó a instalarse como algo pesado y constante. No gritaba, no lloraba; simplemente se cerraba por dentro.

Con el paso de las semanas, Thomas entendió que Gallípoli no estaba diseñada para ganarse. Era una trampa de desgaste, un lugar donde la moral se erosionaba lentamente. Cuando finalmente llegó la evacuación, no hubo celebraciones. Solo un silencio cansado, casi vacío.

Al abandonar la península, Thomas miró por última vez esas colinas ásperas. Sabía que había sobrevivido, pero también sabía que algo esencial se había quedado allí. La guerra no terminó para él al subir al barco. Solo cambió de forma.

Gallípoli no lo mató, pero le enseñó una verdad brutal: algunas batallas no buscan victoria, solo resistencia, y el precio siempre se paga en la mente mucho después de que cesan los disparos.


A veces el cuerpo vuelve; la mente no.

¡Gracias por leer “Cuando el Cuerpo Volvió, pero la Mente No“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!

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