El Dictador de las Palomas


En una ciudad cualquiera, donde los humanos creían tener el control absoluto de plazas, parques y monumentos, nació un ser destinado a cambiar el curso de la historia: Cornelio, una paloma gris de aspecto común.

Lo extraordinario de Cornelio no estaba en sus plumas, ni en su vuelo torpe, ni siquiera en su insólita afición por robar papas fritas a los turistas. Lo extraordinario era su ambición política. Mientras otras palomas se limitaban a buscar migajas, Cornelio pasaba las tardes observando a los humanos con la mirada fija, estudiando sus costumbres y debilidades.

Y lo que descubrió fue simple:
—Estos bípedos creen que gobiernan el mundo… pero no soportan ni una lluvia de excrementos coordinada.

Así comenzó su plan.


El Primer Discurso

Una tarde soleada, después de que un guardia espantara brutalmente a las aves de la plaza con un palo, Cornelio no aguantó más. Se subió al hombro de la estatua de un prócer y, con el pecho inflado, habló:

—¡Compañeras aves! ¡La paciencia se acabó! ¡Se terminó el tiempo de las sobras y los empujones! ¡Ha llegado la era de las plumas al poder!

Las palomas, que normalmente entendían poco más que “Coo-coo”, se quedaron en silencio. Pero Cornelio transmitía algo diferente: convicción. Y la convicción es contagiosa. Primero lo siguieron unas veinte palomas; luego se unieron gorriones, estorninos, y hasta un loro fugado de una veterinaria que repetía sin parar:
—¡Dictador! ¡Dictador!

Cornelio había encontrado su ejército.


La Primera Ley Absurda

Con un séquito detrás, Cornelio declaró su primera norma:
Todos los humanos debían caminar con las manos en alto, imitando alas, como muestra de respeto a las aves.

Al principio nadie obedeció. Hasta que, en un ataque perfectamente sincronizado, cientos de palomas bombardearon la salida de la estación de metro. La humillación fue tan grande que al día siguiente toda la ciudad iba por las calles caminando con los brazos extendidos, balanceándolos torpemente.

—¡Más arriba esos brazos! ¡Con sentimiento! —gritaba Cornelio desde el balcón del ayuntamiento, que había ocupado sin permiso.


La Segunda Ley Absurda

Con el poder ya asegurado, Cornelio pasó al urbanismo.
—¡Basta de turistas subiendo a nuestras estatuas para tomarse selfies! —declaró—. ¡Esos pedestales son nidos sagrados!

Así, quedó prohibido para los humanos acercarse a monumentos. En compensación, cada plaza debía contar con al menos tres fuentes de alpiste fresco, cambiadas diariamente.

Pronto, la ciudad entera olía a semillas. Las palomas engordaron tanto que parecían pequeños pavos, y las estatuas, liberadas de visitas, se convirtieron en fortalezas emplumadas.


La Tercera Ley Absurda

La tercera norma fue cultural. Cornelio decidió que toda reunión humana debía tener una intervención coral de palomas.

  • En las bodas, cuando el sacerdote decía “los declaro marido y mujer”, entraba un coro de 300 aves cantando “Coo-coo-coo” en do mayor.
  • En los funerales, el lamento de las palomas reemplazó a los violines.
  • Incluso en conferencias científicas, cada diapositiva debía ser acompañada por un “Coo” grave de fondo.

Los humanos empezaron a perder la paciencia. ¿Quién podía concentrarse con tanto cacareo?


La Rebelión de los Panaderos

El primer grupo rebelde surgió en secreto: los Panaderos Unidos por la Libertad.
—Si algo desean las palomas más que el poder, es el pan —dijo Don Ernesto, maestro panadero—. Lo atraeremos con migas, lo atraparemos, y volveremos a ser libres.

Prepararon kilos de pan duro, lo esparcieron en la plaza central y esperaron. El plan parecía perfecto.

Pero Cornelio, más astuto de lo que imaginaban, ya tenía palomas espías infiltradas en las panaderías. Cuando los humanos intentaron cerrar la trampa, miles de aves descendieron en picada: se llevaron el pan, las boinas de los panaderos y hasta sus bigotes postizos.

La rebelión fue sofocada en minutos.


El Apogeo del Dictador

Consolidado en el poder, Cornelio fue invitado, de alguna manera misteriosa, a la ONU. Allí, posado sobre un atril de madera, desplegó sus alas y exigió:
—¡Reconozcan los cielos como territorio soberano de las aves! ¡Ningún avión volará sin nuestro permiso!

Los diplomáticos, incrédulos, murmuraban entre sí. Algunos, nerviosos, levantaron los brazos imitando alas, por si acaso.

Cornelio sonrió. Había alcanzado la cima.


El Giro Final

De pronto, una paloma mensajera aterrizó a su lado y le susurró:
—Mi Dictador… hay malas noticias. Los cuervos no reconocen su autoridad. Están organizando algo… muy grande.

Cornelio entrecerró los ojos.
—Entonces… será la guerra de las aves.

Los líderes del mundo guardaron silencio. La humanidad había quedado relegada a espectadora en un conflicto que prometía oscurecer los cielos.

Y así, la historia del Dictador de las Palomas apenas comenzaba.


Cuando el cielo se llena de alas, hasta los humanos deben marchar al ritmo del “coo-coo”. 🕊️


¡Gracias por leer “El Dictador de las Palomas“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!

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