La Ciudad que Desaparecía los Domingos


Santa Eridia era un pueblo pequeño, escondido entre colinas verdes y caminos de tierra que pocas veces aparecían en los mapas. Tenía todo lo que un lugar pintoresco necesita: casas de techos rojos, calles de piedra, balcones llenos de geranios y un mercado que los sábados rebosaba de pan recién horneado y fruta dulce.
Era un lugar tranquilo. Demasiado tranquilo, tal vez.

Mateo vivía allí desde siempre. Tenía una tienda de relojes heredada de su abuelo, justo en la calle principal. Su vida seguía una rutina predecible: abrir la tienda a las ocho, reparar relojes hasta el mediodía, almorzar con un libro abierto y, por la tarde, dar paseos por la plaza. Nada extraordinario.
Hasta que llegó ese primer domingo.


Primer domingo: La desaparición

Mateo se despertó tarde, algo inusual en él. Cuando se levantó y abrió las contraventanas, la imagen lo golpeó:
donde debería estar la calle principal, solo había una extensión de hierba alta, brillante de rocío, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. No había casas, no había tiendas, no había gente.

No escuchaba el repiqueteo de las campanas de la iglesia ni el ruido de los carros del panadero. El aire olía distinto, como a tierra recién mojada, pero sin rastro de lluvia.

Confundido, Mateo salió a la calle… o mejor dicho, al campo.
Caminó unos metros y vio algo extraño: una silla de madera, intacta, en medio de la hierba. La reconoció al instante: era de la cafetería del señor Adalberto. Más adelante, el quiosco del parque estaba allí, pero flotando suavemente, girando sobre sí mismo como si flotara en agua invisible.

El reloj de bolsillo que llevaba siempre encima funcionaba, pero su marcha era errática: a veces el segundero se quedaba quieto durante un minuto entero y luego saltaba hacia adelante como si quisiera recuperar el tiempo perdido.

Al llegar a la esquina donde antes estaba la escuela, encontró una puerta. No una casa, solo una puerta, de pie, como si la hubieran arrancado de su sitio y dejado plantada allí. Era verde, con pintura descascarada.
Golpeó.
Y una voz de niña respondió desde el otro lado:

—No deberías estar aquí. Todavía no es tu turno.

Mateo preguntó qué significaba eso, pero la voz no contestó de inmediato. Después, casi como un susurro, añadió:

—Cada domingo, el mundo se toma un respiro. No todos pueden verlo. Tú sí.

Antes de que Mateo pudiera hablar otra vez, todo se volvió blanco.

Despertó en su cama. Era lunes. Santa Eridia estaba en su lugar. Nadie parecía notar nada extraño. Al pasar por el mercado, la señora del puesto de flores le sonrió y, en voz baja, dijo:

—Nos vemos el próximo domingo.


Segundo domingo: Las huellas

El resto de la semana fue normal, aunque Mateo no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Llegó el domingo y, como temía —o tal vez deseaba—, ocurrió de nuevo. La ciudad desapareció a la misma hora.

Esta vez, no había solo hierba. Entre el pasto había huellas. Huellas humanas… y otras que parecían de animales muy grandes, aunque extrañamente deformadas, como si se hundieran demasiado en el suelo. Las huellas llevaban a un callejón inexistente, y allí, en medio de la nada, había una farola encendida, proyectando luz aunque era pleno día.

Cerca de la farola encontró un reloj de torre. No estaba en el campanario, sino apoyado sobre el pasto, inclinado. Al acercarse, Mateo notó que las manecillas giraban hacia atrás.

Esa vez no escuchó a la niña, pero sí vio algo: una sombra moviéndose rápido a lo lejos. No caminaba, sino que parecía flotar y desvanecerse cada pocos pasos. Cuando intentó seguirla, todo se volvió blanco de nuevo.

Despertó el lunes, con barro seco en los zapatos.


Tercer domingo: El mercado vacío

La tercera vez decidió ir preparado. Llevó una linterna, papel y lápiz. Cuando la ciudad desapareció, se dirigió directamente a la plaza. Allí, donde el mercado solía estar, encontró los puestos… pero vacíos. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos, y sobre cada una había objetos que nunca había visto: relojes de arena que se movían solos, botellas con luces dentro, y cajas que vibraban suavemente, como si dentro hubiera algo vivo.

Una de las cajas se abrió sola. Dentro, un pájaro hecho de papel lo miró y dijo con voz grave:

—El tiempo aquí no se mide como allá. Y tú ya has entrado tres veces.

Mateo preguntó qué pasaría si entraba una cuarta vez. El pájaro cerró el pico y se deshizo en polvo.


Cuarto domingo: La revelación

El cuarto domingo, Mateo volvió a encontrar la puerta verde. Esta vez estaba abierta. Del otro lado había un pasillo infinito, cubierto de relojes colgantes, todos latiendo a destiempo. En medio del pasillo estaba la niña que había escuchado el primer día.

—¿Por qué desaparece la ciudad? —preguntó Mateo.

La niña lo miró como si la respuesta fuera obvia.

—No desaparece. Se recuerda a sí misma.
—¿Y yo? ¿Por qué sigo aquí?
—Porque alguien tiene que contarla.

Mateo quiso preguntar más, pero detrás de él, la luz blanca volvió a envolverlo.


Epílogo: Un lunes diferente

Cuando despertó el lunes, Santa Eridia estaba como siempre… salvo por un detalle: en el escaparate de su tienda, había un reloj de arena idéntico a los del mercado vacío. Y estaba corriendo… hacia atrás.

En la calle, la señora del puesto de flores lo saludó con una sonrisa más amplia que de costumbre.

—Ahora ya sabes —dijo—. Y el próximo domingo… no estarás solo.


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🐦 No todas las ciudades viven… algunas se sueñan a sí mismas. 🐦


¡Gracias por leer “La Ciudad que Desaparecía los Domingos“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!

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