
El Hombre de las Listas
Cada día, a las 6:32 a.m., Andrés se despertaba con el primer timbre del reloj. No necesitaba el segundo. Abría los ojos, se sentaba en la cama, y con un movimiento casi automático tomaba la libreta negra que descansaba en su velador.
Allí estaba la lista del día.
Desayuno: dos tostadas, media banana, café sin azúcar.
Ducha: 12 minutos exactos.
Camisa: celeste claro.
Zapatos: negros, lustrados la noche anterior.
Caminar al metro: evitar contacto visual.
Trabajo: evitar a Laura, reunión con el jefe a las 11:00.
Almuerzo: solo si está nublado.
Volver: por la ruta alterna.
Todo anotado.
Todo medido.
Andrés no era paranoico. Era ordenado. Eso se repetía cada vez que alguien le insinuaba que debía relajarse.
—No es obsesión —decía él—. Es método. Disciplina.
Tenía libretas guardadas desde hacía más de seis años. Cada día documentado. No solo tareas: emociones, pensamientos, errores cometidos y formas de evitarlos en el futuro. Andrés había convertido su vida en una serie de instrucciones detalladas, un manual de usuario de sí mismo.
Y funcionaba.
Hasta que un martes cualquiera, mientras revisaba la lista del día, notó algo.
Una línea que él no recordaba haber escrito:
“16:47 — No hables con el hombre del paraguas.”
Frunció el ceño. Releyó la línea varias veces. No tenía idea de quién era ese “hombre del paraguas”. No conocía a nadie así. El texto estaba escrito con su propia letra. No había duda. Misma pluma. Mismo trazo.
Quizá lo escribió dormido, pensó. O borracho… aunque no bebía. Racionalizó. Cerró la libreta. Siguió el día como siempre.
Pero a las 16:47, parado en la esquina frente al parque, lo vio.
Un hombre, vestido de negro, con un paraguas abierto aunque no llovía. Miraba a la nada, quieto. Casi… demasiado quieto. Como una figura pintada sobre el fondo.
Andrés se congeló.
El hombre giró la cabeza.
Y lo miró directamente.
Andrés se fue. Rápido. Sudando. No miró atrás.
Esa noche no durmió. Releyó la libreta. Intentó recordar cuándo lo escribió. Lo comparó con días anteriores. Revisó su letra. Todo concordaba. Era suya.
Al día siguiente, la lista ya estaba escrita.
Él no la había hecho.
Pero estaba ahí. Completa.
Minuto por minuto.
Y ahora decía:
“No comas el almuerzo. El arroz está mal cocido.”
“Ignora la llamada de las 14:52.”
“No abras el cajón del escritorio.”
Andrés temblaba. Pero todo era verdad.
El arroz estaba crudo.
La llamada era de un número desconocido.
El cajón… lo abrió igual.
Y dentro había una fotografía. De él mismo. Dormido.
El rostro plácido. La libreta en su pecho.
Empezó a perder noción del tiempo.
A veces despertaba con nuevas listas, con detalles cada vez más íntimos:
“No pienses en tu padre.”
“Evita el espejo hoy.”
“No escribas nada esta vez.”
¿Quién las escribía? ¿Era él mismo, disociado? ¿Otra versión de él? ¿Su subconsciente?
Intentó no obedecer. Pero cada vez que desobedecía, algo fallaba.
Una vez ignoró una instrucción:
“No tomes el tren de las 7:42.”
Lo tomó.
Descarriló.
Se salvó. Apenas.
Pero desde entonces, empezó a sospechar:
¿Y si las listas no eran un síntoma, sino una advertencia?
Un día, decidió escribir su propia lista.
Desde cero.
Sin patrones. Sin normas.
Hacer todo lo contrario. Cambiar de rumbo. Beber. Gritar. Romper.
Pero cuando abrió la libreta, ya estaba llena.
Y la última línea decía:
“No te rebeles. No eres el que escribe.”
A veces creemos que estamos en control, que dirigimos nuestra vida con orden y voluntad.
Pero ¿y si nuestras decisiones no fueran nuestras?
¿Y si seguimos listas invisibles que otros han dejado para nosotros?
En el fondo, todos seguimos instrucciones.
Lo inquietante es no saber de dónde vienen.

Cuando crees tener el control… pero solo estás obedeciendo.
¡Gracias por leer “El Hombre de las Listas“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!
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