
El Dragón con Alergia
Había una vez un temible dragón llamado Fumarolo, que tenía escamas relucientes, garras afiladas y un aliento de fuego capaz de derretir castillos enteros. Pero había un pequeño problema: era alérgico al polvo. Y como todo buen dragón que se respete, Fumarolo vivía en una cueva… llena de polvo.
Cada vez que intentaba salir a aterrorizar a la aldea cercana, bastaba con que una brisa levantara un poco de tierra para que su nariz empezara a temblar. Y entonces:
— ¡¡Aaaaaachúuuuuuu!!
Un chorro de fuego salía disparado de su boca, chamuscando árboles, espantando ovejas y dejando su propia cola ligeramente ahumada.
Los aldeanos, al principio, le temían. Cada vez que lo veían acercarse, corrían despavoridos, gritando:
— ¡El dragón! ¡El dragón! ¡Nos quemará a todos!
Pero cuando vieron que, en realidad, solo estaba estornudando de manera descontrolada y quemando cosas al azar, comenzaron a perderle el respeto.
— ¿Eso es un rugido? —se burlaba el panadero—. Parece más un estornudo de mi abuela.
— ¡Achís! —respondió Fumarolo, incendiando sin querer el puesto de zanahorias.
— ¡Maldición! ¡Otra vez no! —gritó el vendedor, huyendo con su saco de hortalizas carbonizadas.
Desesperado por recuperar su reputación, Fumarolo decidió visitar a una bruja local, Doña Malva, famosa por sus remedios para todo tipo de dolencias mágicas.
— ¿Alergia al polvo? —preguntó la bruja, rascándose la barbilla—. Tengo justo lo que necesitas.
Le entregó un frasquito con un jarabe espeso y verde que olía como si hubieran hervido calcetines de ogro en sopa de repollo.
— Bebe esto antes de salir a asustar aldeanos y no volverás a estornudar.
Fumarolo se lo bebió de un solo trago.
— ¡Puaj! ¿Por qué sabe a pis de duende?
— ¡Porque tiene pis de duende! —dijo Doña Malva, encogiéndose de hombros.
Convencido de que por fin podría infundir miedo otra vez, el dragón salió volando y aterrizó en la plaza del pueblo, listo para rugir como en sus mejores tiempos.
Tomó aire. Infló el pecho.
Pero en lugar de un rugido atronador…
— ¡HIC!
Un hipo.
Un hipo de fuego.
— ¡HIC! —y un arbusto quedó carbonizado.
— ¡HIC! —y el tejado de la taberna se prendió en llamas.
Los aldeanos, en lugar de huir, empezaron a reírse.
— ¡Miren eso! ¡Un dragón con hipo flamígero!
— ¡Ja, ja, ja! ¡Es como una vela gigante que no se apaga!
Fumarolo, avergonzado y con el hipo incontrolable, huyó de regreso a su cueva. Se quedó mirando su reflejo en un charco de agua, suspirando. Justo en ese momento, una pequeña niña de la aldea se acercó sin miedo y le ofreció un pañuelo.
— No te preocupes, señor dragón. Mi abuela también estornuda fuego cuando come demasiado picante.
Fumarolo parpadeó sorprendido. ¿Acaso no le temía?
— ¿No huyes de mí? —preguntó el dragón.
— ¿Por qué lo haría? ¡Eres el dragón más divertido que he visto!
La niña le contó que en la aldea ya no lo veían como un monstruo, sino como una criatura simpática que, aunque algo torpe, podía ser parte de su comunidad.
Esa noche, los aldeanos organizaron una gran fogata en honor a Fumarolo. Todo estaba listo: los músicos afinaban sus instrumentos, los niños corrían emocionados, y la señora Jacinta preparaba su famoso guiso de calabaza (que, según algunos, también tenía un ligero sabor a ceniza gracias a la cercanía de Fumarolo).
Cuando llegó el momento de encender los fuegos artificiales, todos miraron al dragón con expectación. Fumarolo, emocionado, se preparó. Tomó aire, infló el pecho y…
— ¡HIC!
Un chorro de fuego salió disparado y prendió fuego a la capa del alcalde. Por suerte, el hombre ya estaba acostumbrado a estos accidentes y rodó por el suelo para apagarse, mientras los aldeanos aplaudían como si fuera parte del espectáculo.
— ¡Otra, otra! —gritaron los niños.
— ¡HIC! —y los cohetes volaron por los aires, explotando en un brillante despliegue de luces.
— ¡HIC! —y el asado se cocinó en tiempo récord, aunque algunos aldeanos preferían su carne menos crujiente.
Desde entonces, Fumarolo se convirtió en la estrella de todas las festividades. Su hipo flamígero no solo hacía que las celebraciones fueran inolvidables, sino que también mantenía a los ladrones alejados (nadie quería arriesgarse a robar en un pueblo donde el guardián tenía combustión espontánea).
Así, Fumarolo descubrió que no tenía que infundir miedo para ser respetado.
Solo tenía que encender la chispa adecuada.
FIN.

¡A veces, un simple hipo puede encender la chispa de la verdadera admiración!
¡Gracias por leer “El Dragón con Alergia“! Esta es una historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!
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Cuando el mundo pierde su brillo, tu mente vaga inquieta o tu corazón carga un peso invisible, deja que una historia abra la puerta a lo imposible. Solo una página, una frase, una palabra… y de pronto estás en otro universo, donde la imaginación pinta lo ordinario con colores de ensueño y transforma los instantes más simples en pura magia.





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