El Faro del Fin del Mundo


En la costa de un pequeño pueblo pesquero, se alzaba un faro solitario que llevaba años sin funcionar. Los habitantes del lugar contaban historias misteriosas sobre el faro y su antiguo guardián, don Gregorio, quien desapareció una noche de tormenta hacía más de cincuenta años. Según la leyenda, en las noches de luna llena, se podía ver una luz débil parpadeando en lo alto del faro, como si alguien estuviera intentando encenderlo desde el pasado.

A Mateo, un joven curioso y aventurero, siempre le había intrigado el faro y su historia. Vivía en el pueblo con su abuela, quien le decía: “Ese faro tiene secretos, pero algunos misterios es mejor dejarlos en paz.” Sin embargo, Mateo no podía ignorar su curiosidad. Un día, junto a sus amigos Clara, Luis, Sofía y Raúl, decidió que era momento de investigar.

El grupo se reunió al atardecer con linternas, mochilas y cuadernos para anotar cualquier descubrimiento. La subida al faro era difícil. El camino estaba cubierto de rocas y maleza, y apenas había restos del antiguo sendero que solían usar los guardianes. Cuando llegaron a la base del faro, el sol se escondía en el horizonte, y el cielo se teñía de tonos rojos y anaranjados.

La puerta principal del faro estaba cerrada con una cadena vieja y oxidada. Raúl, que siempre cargaba herramientas, usó una pequeña palanca para forzar la cadena, y la puerta se abrió con un chirrido largo y escalofriante. El grupo encendió sus linternas y entró. El interior del faro estaba lleno de polvo, telarañas y muebles abandonados. Había una mesa con papeles amarillentos y una lámpara rota. En una esquina, encontraron un diario cubierto de moho. Luis, que era el más estudioso, comenzó a leerlo en voz alta.

El diario pertenecía a don Gregorio, el último guardián del faro. En sus páginas, describía cómo había dedicado su vida a mantener la luz del faro encendida para proteger a los barcos. Pero en las últimas entradas, hablaba de algo extraño: “Escucho voces en las noches de tormenta, susurros que vienen del mar… Como si alguien intentara comunicarse conmigo.”

El grupo intercambió miradas nerviosas, pero Mateo los animó a continuar explorando. Subieron la escalera de caracol que llevaba a la cima del faro. A cada paso, las tablas crujían bajo sus pies, y el sonido del viento se filtraba por las grietas en las paredes, creando un ambiente inquietante. Al llegar a lo alto, encontraron la gran lámpara que antes iluminaba la costa. Estaba rota, pero algo más llamó su atención: un pequeño cofre metálico escondido detrás de la lámpara.

Sofía lo abrió con cuidado y dentro encontraron una carta y una brújula antigua. La carta, escrita con una letra temblorosa, parecía ser de don Gregorio. Decía: “Si estás leyendo esto, significa que el faro ya no brilla. La luz que protegía a los navegantes se apagó cuando intenté descifrar el mensaje de las voces. No era un simple susurro del viento; era un llamado de aquellos que nunca llegaron a la costa. Ahora, el destino del faro está en tus manos.”

De repente, las linternas parpadearon y el grupo escuchó un sonido extraño, como pasos en las escaleras. Clara susurró: “¿Alguien más escuchó eso?” Todos asintieron, con el corazón latiendo rápido. Mateo, decidido a no dejarse vencer por el miedo, miró por la ventana y señaló hacia el mar. Una luz tenue brillaba en el agua, moviéndose como si fuera un faro bajo las olas.

Intrigados y asustados, decidieron bajar rápidamente. Al llegar a la base del faro, notaron que el viento había aumentado y que las olas golpeaban las rocas con fuerza. Luis sostuvo la brújula y dijo: “Miren esto. La aguja apunta hacia el mar, pero no hacia el norte.” Todos la observaron con asombro y supieron que debían seguir aquella dirección.

Guiados por la brújula, caminaron por la playa hasta que encontraron una cueva oculta entre las rocas. Dentro, el aire era frío y el sonido del agua se hacía eco en las paredes. En el fondo de la cueva, vieron algo increíble: un antiguo barco encallado, cubierto de algas y corales, como si hubiera estado allí durante siglos. En la proa del barco, había un farol encendido con una luz azul brillante.

El grupo se acercó con cautela. La luz parecía viva, pulsando suavemente, como si respirara. Mateo alargó la mano para tocarla, y al hacerlo, tuvo una visión: vio a don Gregorio en la cima del faro, luchando por mantener la lámpara encendida durante una tormenta feroz. También vio barcos que se dirigían hacia la costa, guiados por la luz del faro, y finalmente, un barco que se hundía en el mar oscuro, con sus tripulantes gritando por ayuda.

Cuando la visión terminó, Mateo comprendió la verdad: la luz azul pertenecía al espíritu del barco hundido. Don Gregorio había intentado comunicarse con ellos, pero su desaparición seguía siendo un misterio. “Tenemos que devolver esta luz al faro,” dijo Mateo. Los demás estuvieron de acuerdo.

Con esfuerzo, llevaron el farol de vuelta al faro. Al colocarlo en la cima, algo increíble sucedió: la luz se encendió con más fuerza y se expandió por toda la costa. Por un momento, todos sintieron una paz profunda. Desde entonces, el faro volvió a brillar, y aunque nadie más en el pueblo entendió cómo sucedió, los cinco amigos sabían que habían cumplido con la última voluntad de don Gregorio y el espíritu del barco.

La leyenda del faro del fin del mundo se renovó, y el grupo jamás olvidó aquella noche en la que descubrieron que algunos misterios no solo son reales, sino que también guardan historias que merecen ser contadas.

¡Gracias por leer “El Faro del Fin del Mundo“! Esta es la quinta historia de una serie creada para lectores ávidos y estudiantes de español que desean disfrutar de relatos cautivadores mientras practican el idioma. ¡Sigue atento para más historias y consejos de lenguaje que enriquecerán tu aprendizaje!

Leave a comment

Trending